Marina Melantoni
Los términos “conservación” y “educación ambiental” se volvieron muy problemáticos cuando el antiguo Zoológico de Buenos Aires se transformó en Ecoparque. Hasta hoy, organizaciones animalistas y especialistas en el tema se preguntan si el cambio fue estructural o nada más que una burda estrategia de greenwashing para poder dormir de noche y seguir gestionando la esclavitud durante el día.
Corría el año 1995 cuando mi abuela nos llevó a mi hermano y a mí de paseo al Zoológico. Había poca gente aquel día, lo recuerdo claro, así como a la angustia que me invadió cuando vi al oso polar, esa tarde calurosa de verano, caminando sin parar de un lado al otro en su jaula. Le pregunté a mi abuela: “Bubu, ¿por qué el oso hace eso? ¿No tendrá calor?” No recuerdo su respuesta exacta pero con seguridad esquivó el tema con humor, como solía. Y yo lo tomé, sonriendo ligeramente, incómoda, contrariada. A fin de cuentas, sólo tenía diez años. Lo tomé pero no me olvidé nunca.
De forma asimétrica observamos a los animales encerrados. Como afirma Derrida, “hay un punto en donde la simetría se rompe y en donde la soberanía se marca con el poder-ver sin ser visto” (2012, p. 344).1 El gran oso blanco no pareció reparar en nuestra presencia en ningún momento. Estaba claramente abrumado por la temperatura, la soledad y la reclusión (¿y por nosotrxs no?).
Su comportamiento me impresionó, quedándose aquella escena grabada para siempre en mi retina. Me sentí la testigo de una imagen cruel que no debía estar observando, sentí vergüenza. Desconfié de mi abuela y del Zoológico. Desconfié, aunque en los términos de una nena, de la legitimidad de la autoridad de mis mayores y de las instituciones. Algo estaba mal. Algo se rompió en mi interior. La palabra autopsia, afirma Derrida, significa “ver con nuestros propios ojos y, por lo tanto, […] poder dar testimonio” (2012, p. 345)2 y añade que fue, justamente, modelo autópsico el que adoptaron todos los jardines zoológicos del mundo a partir del siglo XIX.
Veinte años después de la mentada experiencia, ahí estaba yo levantando en alto un cartel y gritando a viva voz con la intención de disuadir a los paseantes de ingresar al Zoológico, bajo el mismo sol abrasador que agobiaba al oso polar aquel verano de 1995. Muchas veces juzgando que era completamente en vano, muchas en cambio triunfando, y tras años de insistir utilizando todos los recursos que lxs activistas teníamos en nuestras inexpertas manos, el 23 de junio de 2016, el antiguo Zoológico de Buenos Aires se transformó en “Ecoparque”.3 El discurso oficial habló de conservación, educación ambiental y bienestar animal. Las jaulas, sin embargo, seguían ahí, dado que el Zoológico representó siempre un espacio culturalmente aceptado: familias paseando con inocencia los domingos por el barrio de Palermo, seres sintientes convertidos en supuestamente irremplazables atracciones -invaluables para educar-, y una idea instalada de que observar especies exóticas detrás de un vidrio o una reja ayudaba a generar “conciencia ecológica” (cuando, en realidad, los estudios científicos vinculados arrojan el resultado de que esto alimenta una disociación que sólo lxs niñxs, libres de los mecanismos de defensa “maduros”, pueden sortear -en el mejor de los casos y hasta que algún adulto lo coarta con más o menos éxito-).4
Sin embargo, algo en la sensibilidad pública cambió, quizás debido a la difusión mediante las (en aquel entonces nacientes) redes sociales.5 Y frente a la presión de una sociedad cada vez más incómoda con el cautiverio y el obvio sufrimiento de los demás animales, algunas instituciones consideraron que les convenía transformarse -o al menos que pareciera que así lo hacían-. La propuesta del Ecoparque prometía abandonar la lógica del espectáculo para priorizar rescate, rehabilitación y cuidado. Pero desde organizaciones animalistas y sectores ambientalistas comenzaron a proliferar las críticas que insistían con una pregunta incómoda: ¿ocurrió una transformación ética real o apenas una sofisticación del relato? Y fue en medio de ese debate que nació el eslogan de “ecofraude”: del mismo modo que muchas empresas se sirven de discursos en que abunda la noción de sustentabilidad para maquillar, por ejemplo, prácticas contaminantes, hay quienes sostienen que ciertos espacios de este estilo utilizan lenguaje pro-ambiente para volver moralmente aceptable el cautiverio. Y la jaula no desaparece, solamente cambia la narrativa a su alrededor; el marketing, básicamente. Porque hablar de biodiversidad, conservación o educación ambiental produce legitimidad inmediata, pero detrás de esas ideas persiste una tensión difícil de resolver: animales encerrados, observados y administrados por humanos para fines que no suelen ser transparentes. ¿Tiene cola y maúlla? Y, lo cierto es que huele bastante a esclavitud.
El recordado caso de Sandra, la orangutana que vivió durante décadas en el Zoológico de Buenos Aires no sólo es paradigmático sino que marcó un antes y un después en la discusión. En 2014, la Justicia argentina la reconoció como “sujeto no humano” en un fallo histórico impulsado por organizaciones animalistas. No era simplemente un ejemplar; era un individuo capaz de sufrir, padecer su aislamiento y el estrés psicológico producto del mismo.6 La imagen de una orangutana viviendo en soledad, encerrada en pleno centro urbano, expuso fuertemente ante el público las contradicciones del modelo tradicional. Años después, Sandra fue trasladada a un santuario en Estados Unidos, pero su historia dejó palpitando una pregunta que todavía causa prurito: si reconocemos la sensibilidad y el dolor en otros animales, ¿cómo justificamos tenerlos presos para poder observarlos, por la razón que sea? Nuestra ética peligra y la disociación puja por activarse…
Quienes defienden el Ecoparque argumentan que muchas especies no podrían sobrevivir en libertad y que espacios de estas características cumplen funciones científicas y pedagógicas esenciales. Sin embargo, aunque es cierto que en todo el mundo existen programas de rescate, preservación genética y rehabilitación, el problema surge cuando se etiqueta cualquier cosa como “conservación” y se termina justificando un sinnúmero de prácticas, una más polémica que la otra. Porque incluso en espacios “reconvertidos”, la gente básicamente sigue recorriendo instalaciones para observar animales confinados. La experiencia visual cambia poco; lo que cambia es el discurso institucional que la envuelve. El espectáculo deja de llamarse de ese modo… ¡pero sigue siéndolo en espíritu! Tal como afirma Derrida, “el saber es soberano, pertenece a su esencia querer ser libre y todopoderoso, asegurarse el poder y tenerlo, tener la posesión y el dominio de su objeto”, y el dispositivo de “querer tener el poder de ver y de saber” está mediatizado por las instituciones (2012, pp. 330).7 El saber se vuelve, en estas condiciones, absoluto, “todo se desarrolla como si fuese conocido de antemano y, por consiguiente, cuasi programado, providencialmente prescrito”, afirma. Se embotan nuestras reacciones, nuestra sensibilidad, nuestra empatía, morimos por dentro, aceptando, observando enajenadxs como “todo se mueve […] mecánicamente, todo se desarrolla de la misma manera que uno tira de o sujeta con la mano un hilo, esto es, una marioneta” (2012, p. 339).8 Siguiendo al filósofo, sabemos ya que nuestra soberanía no es más que una ficción producida por los “cuentos” que nos contamos, efecto de representaciones. Pero si esta y la libertad resultan indisociables, ¿somos libres acaso? Es claro que las bestias que observamos sufrir tras las rejas no lo son. “¿Y quién se atreverá a militar a favor de una libertad de desplazamiento sin límite, de una libertad sin límites?” (2012, p. 353) se pregunta entonces.9
Por su parte, Lynn Turner nos cuenta acerca de “Elephant Eulogy”, un libro de Kelly Oliver que retoma La bestia y el soberano como una fábula, como una historia de dos animales envueltos en una lucha de vida-y-muerte, en la que el soberano resulta ser el más bestial. Oliver sigue el “modelo autópsico” de soberanía derridiano para ilustrar como “ambos, la religión y la ciencia se basan en el sacrificio de cuerpos animales con el objeto de fundamentar el excepcionalismo humano y nuestro derecho a usar a los animales”10 (2009, p. 9), porque de eso se trata siempre en el fondo: del antropocentrismo subyacente, tan instalado, enquistado, grabado a fuego desde la juventud.
Dicho esto, tal vez debemos subrayar que la transformación más problemática no ocurrió al interior de los zoológicos, sino afuera, en la mirada social, en la opinión pública, porque el número de personas que se sienten incómodas ante las situaciones de encierro evidente de otros animales, sorprendentemente continúa en aumento -incluso cuando el decorado es vegetación, carteles educativos y lenguaje eco-friendly-. Ya no alcanza con pintar las paredes de verde, porque la discusión está dejando de girar alrededor de cómo meramente nombramos a estos espacios, sino de qué tipo de vínculo queremos construir con otras formas de vida, y quiénes somos al formar parte de estos vínculos alternativos. Posiblemente, la sociedad ya no considera el cautiverio tan necesario como antes, ahora que la empatía hacia (algunas) otras especies parece crecer más rápido que la capacidad (¿conveniencia?) de administrarlas. Remárquense, no obstante, los siguientes términos: tan, empatía, algunas. Porque otras formas de esclavitud menos obvias o aunque no tan a la vista continúan existiendo, porque la empatía es selectiva y se desarrolla pero en pugna con una notable -y muy estudiada- psicopatía, y porque el especismo está tan vigente como siempre y estamos todavía a años luz de abolirlo.11
Además y como se adelantó, a pesar del crecimiento de la sensibilidad social y del rechazo de las nuevas generaciones a la crueldad del encierro, la “transformación” a la que debieron someterse ciertas instituciones es muchas veces superficial, dado que el capitalismo siempre encuentra la manera. Mediante el greenwashing, nociones como las mencionadas “conservación”, “educación ambiental” y “protección animal” funcionan más como publicidad y responsabilidad empresarial: una lavada de cara (y de manos) que no representa cambios reales. Está repleto de marcas que no testean pero que entre las composiciones de sus productos incluyen elementos de origen animal (o viceversa), o polucionan de alguna forma, o cometen actos de crueldad o injusticias con determinadas especies o, también, con determinadas comunidades humanas. Así es como opera el capitalismo sustentable: introduciéndose entre los resquicios, engañando para alcanzar su fin último, léase, facturar.
¿Conservación o exhibición?
Si bien es cierto que algunos zoológicos aportan realmente al rescate y la preservación de ejemplares y especies amenazadas, y que existen programas científicos de investigación relevantes para el progreso en forma de mejoras tanto para la vida humana como la de otros animales, la pregunta que no podemos dejar de hacernos es si estos motivos justifican, por ejemplo, tantas situaciones de cautiverio permanente, o sea, sin reinserción en la naturaleza.12 Porque, al final, por todo lo visto llegamos a la conclusión de que el Ecoparque no es más que otra prisión, administrada desde lo discursivo, cuya estética verde funciona como una distracción, un cosmético moral. De libertad no hay nada, ni para los demás animales ni para quienes son llevadxs a verlos. Igual que en 1995. No hay empatía posible ante el encierro, la única es el respeto total, no jaulas más amplias.
Tal como identifica M. B. Cragnolini en su lectura de Daniel Defoe,
“tal vez sean “amo” y “soberano” las palabras más repetidas por Robinson a lo largo de toda la parte media de la novela (los treinta años del náufrago en la “isla de la desesperación”). En efecto, Robinson se siente constantemente amo y señor de la isla, a la que considera “sus dominios” no solo por ocupación sino básicamente en términos de trabajo y de producción.” (2016, p. 29)13
En efecto, “el rey de la isla” mide y realiza estimaciones que involucran la vida ajena en términos de utilidad, con el fin de sobrevivir él, cosificando su entorno y relacionándose a partir de la disponibilidad que le brinda, del provecho que puede sacarle y ninguna otra cosa.14
Pero esta pulsión de poder, como la llama Derrida, no se encuentra entre la soberanía y la carencia de soberanía, sino en una lucha por obtenerla (2012, p. 342)15, y la paradoja es justamente que, en esa lucha, quien gane, también perderá. No son verdaderas opciones. Treinta años después lo veo claro, con la tranquilidad y la certeza que no pude experimentar aquella tarde de verano; y por fin comprendo: la única solución es vaciar las jaulas. La abolición total de la esclavitud animal.
REFERENCIAS
1. Derrida, J., Seminario La bestia y el soberano, Buenos Aires, Manantial, 2012, p. 344.
2. Ibídem, p. 344.
3. El Ecoparque de Buenos Aires contiene especies vegetales y animales. Alegando dedicarse a la conservación de especies nativas y educación ambiental, adoptó sus funciones con el cierre del zoológico de Buenos Aires, el 23 de junio de 2016. Ocupa un área de 16,7 hectáreas con 42 edificios históricos en distintos estilos arquitectónicos (declarados en 1997 Monumento Histórico Nacional y Patrimonio de la Ciudad), 3 lagos, 9 puentes y 27 esculturas y monumentos, y está ubicado en el barrio Palermo. Conserva del antiguo predio: mamíferos autóctonos (carpincho, tapir, guanaco, cai de las yungas, corzuela, mara y coipo) y aves nativas (ñandú, flamenco austral, chajá, gavilán mixto, cardenal común, picaflor verde, cóndor andino, coscoroba, tordo, picabuey y biguá). El último elefante que quedaba del zoológico fue una hembra que en abril del año pasado fue trasladada al Santuario de Elefantes de Chapada dos Guimarães, Mato Grosso, Brasil. Desde su apertura en 2016, el Ecoparque afirma haber derivado más de 900 animales a otras instituciones, liberado más de 2000 ejemplares en distintos ambientes naturales del país y rescatado más de 3800 animales víctimas del tráfico ilegal, el mascotismo u otras amenazas. Su antecesor, el Jardín Zoológico de Buenos Aires, fundado a fines del siglo XIX, se había consolidado a lo largo del siglo XX como uno de los paseos familiares más tradicionales de la ciudad. Durante la década de los noventas y comienzos de siglo estuvo concesionado al sector privado, modelo que fue cuestionado por organizaciones bienestaristas por motivo del deterioro de las instalaciones y la falta de programas sólidos de conservación e investigación. Entre los episodios emblemáticos se encuentra la muerte de un oso polar durante una ola de calor en 2012, que reavivó el debate público sobre el modelo de zoológico tradicional en un contexto urbano densamente poblado y concluyó en la transformación en Ecoparque. La página oficial del Gobierno de la Ciudad enumera una gran cantidad de programas a su cargo, pero organizaciones ambientalistas como la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN) cuestionaron las obras, la persistencia de algunos recintos antiguos y la falta de información pública detallada sobre el destino de todos los animales transferidos o fallecidos durante el proceso de transición, lo que ha derivado en pedidos de informes legislativos y reclamos de acceso a la información. En paralelo, el apoyo ciudadano al proyecto fue masivo: en 2023 se registró que el 91% de las personas consultadas está de acuerdo con que el antiguo zoológico se haya convertido en Ecoparque.
4. Décadas de estudios en psicología han demostrado que, frente a la crueldad, el sistema nervioso activa la disociación como un mecanismo de protección. En lugar de generar empatía, la mente se desconecta de la realidad para defenderse del dolor emocional y el impacto del trauma. Comprender cómo funciona este proceso arroja luz sobre por qué ocurre y cómo se manifiesta: la disociación actúa como un escudo protector automático para procesar el estrés extremo. Nos separa de nuestros sentimientos y recuerdos para que el impacto del trauma no nos desregule por completo. Se produce entonces una desconexión con la realidad: en lugar de sentir afinidad o compasión, la mente bloquea las emociones. La crueldad se traduce como una sobrecarga de información, por lo que el cerebro no logra integrar la experiencia; por eso elige aislarla para sobrevivir. La disociación no es una elección voluntaria, sino un reflejo usual del sistema nervioso en situaciones abrumadoras. Ahora bien, no todo el mundo la experimenta, también puede evitarse y afrontar.
5. Lo curioso es que las mismas redes sociales están produciendo una gran desconexión entre las personas, justamente, porque puede observarse a gusto a otras personas, cuando se sucumbe al deseo de fisgonear (mirar sin ser vistxs), aunque quizás con otras intenciones además de la mera curiosidad. No hay contacto, ni diálogo, ni encuentro, ni comprensión: las personas sólo “reaccionan” a imágenes, se observan a la distancia sin interactuar, se espían.
6. Sandra, la orangutana, se hizo mundialmente popular porque un tribunal le concedió un habeas corpus, reconociéndola como “persona no humana y ser sintiente” y ordenando al zoológico de Buenos Aires que la liberasen. En 2015 comenzó un proceso impulsado por la Asociación de Funcionarios y Abogados por los Derechos de los Animales (AFADA), quienes denunciaron el mal estado en el que se encontraba. La jueza Elena Liberatori le ordenó al gobierno porteño que “garantice las condiciones adecuadas para el hábitat y preserve las habilidades cognitivas del animal” y dispuso el traslado de Sandra al santuario Center of Great Apes, en el estado de Florida, a sus casi treinta años de edad -de una vida entera tras las rejas-. La noticia fue cubierta por los medios a lo largo y ancho del globo.
7. Derrida, J. Op. Cit., página 330.
8. Ibídem, p. 339.
9. Ibídem, p. 353.
10. Turner, D. L., reseña de “Zoografías: la cuestión del animal desde Heidegger a Derrida”, de Matthew Calarco. Revista Between the Species, N° IX, traducción propia, 2009, p. 9.
11. Véase, por ejemplo, Sanz-García, A.; Gesteira, C.; Sanz, J.; García-Vera, M.P. (2021) Prevalence of Psychopathy in the General Adult Population: A Systematic Review and Meta-Analysis. Frontiers in Psychology; o también, 1. Hare, Robert D. (1990) Without Conscience: The Disturbing World of the Psychopaths Among Us (New York: The Guilford Press); o también, Meloy, J. Reid. (2002) The Psychopathic Mind: Origins, Dynamics and Treatment (Northvale: Jason Aronson Incorporated).
12. La Zoological Society of London y su Whipsnade Zoo son respetados por su trabajo de conservación global y reintroducción de especies. Otro ejemplo es el del popular San Diego Zoo Wildlife Alliance (probablemente uno de los más importantes del mundo en investigación en genética, reproducción y conservación). Está además el Chester Zoo, con sus programas científicos y reintroducciones recientes -como la del caracol de las Bermudas-, o el Zoo Leipzig, considerado por National Geographic como uno de los más serios. Pero, además de la intranquilidad que surge ante términos como “investigación”, “respetado” o “serio” (¿a opinión de quién?), la distinción clave es: ¿la institución existe principalmente para que humanxs miren otros animales, o para que los especímenes singulares y las especies sobrevivan y prosperen? La realidad muestra que, aunque los “mejores” zoológicos modernos se estarían acercando cada vez más a lo segundo, los peores siguen siendo entretenimiento con marketing verde. Por eso es fundamental preguntarnos sobre cuánta importancia tiene -para ellas, obviamente- que varias especies existan hoy gracias a programas zoológicos de recuperación y reinserción, como son los casos paradigmáticos del hurón de patas negras, el órix cimitarra árabe o el caballo de Przewalski.
13. Cragnolini, M. B., Extraños animales: filosofía y animalidad en el pensar contemporáneo, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2016, p. 29.
14. Otra impactante escena es la descrita en la novela de 1994 de Haruki Murakami, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, que transcribo casi en su totalidad por las impresionantes resonancias que presenta: “Y en aquel mismo instante, ella ya estaba viendo cómo unos soldados japoneses recorrían un enorme parque zoológico e iban matando, una a una, todas aquellas fieras que hubieran podido atacar a los hombres. A una orden del oficial al mando del pelotón, las balas del fusil calibre 38 de infantería perforaban la suave piel de los tigres y les reventaban las vísceras. […] Con aquel ruido, los tigres se pusieron enseguida en pie, miraron airadamente a los soldados, rugiendo amenazadores, desde el otro lado de los barrotes de la jaula. También el teniente sacó su pistola automática de la pistolera y quitó el seguro. Carraspeó ligeramente para tranquilizarse. Intentó pensar que esto no era nada. Trató de convencerse de que esas eran cosas que hacía todo el mundo. […] Los soldados, con una rodilla hincada en el suelo, apuntaron y dispararon. El retroceso les golpeó el hombro con violencia. Por un instante, sus cabezas quedaron vacías como si se las hubiesen sacudido. Las detonaciones se extendieron por todo el recinto del parque zoológico desierto. El estampido rebotó de edificio en edificio, de pared en pared, atravesó la arboleda, pasó sobre la superficie del agua, se clavó en el pecho de quienes lo oyeron, siniestro como un trueno lejano. Los animales enmudecieron, incluso las cigarras dejaron de chirriar. Cuando se extinguió el eco de las detonaciones no se oía nada en los alrededores. Los tigres, por un instante, dieron un salto en el aire como si un gigante invisible los hubiera golpeado con un garrote y cayeron al suelo con estrépito. Luego se retorcieron, agonizando, jadeando y vomitando sangre. […] El soldado jamás había estado en un parque zoológico, ni siquiera de niño; era la primera vez que veía tigres de verdad. Por eso no tuvo la sensación de que fueran ellos quienes habían matado a los tigres. Una sola idea llenaba su pensamiento, la de que lo habían llevado a un lugar que le era ajeno y que lo habían obligado, por azar, a hacer algo que nada tenía que ver con él. De pie en el charco de sangre ennegrecida, miraba distraídamente los tigres muertos. Los tigres muertos le parecían mucho más grandes que cuando estaban vivos. “¿A qué se debería?” pensó extrañado. […] Miró al teniente como pidiendo instrucciones. El teniente asintió con la cabeza para indicarle que ya era suficiente, que podía salir de la jaula. El teniente desplegó de nuevo el plano del parque zoológico. Bien o mal, habían solventado el asunto de los tigres. Lo siguiente eran las panteras. Luego, tal vez los lobos. También había osos. “En los elefantes ya pensaré después”, se dijo. Hacía mucho calor.” Murakami, H., Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Barcelona, Tusquets, 1994, pp. 592 y 597-599.
15. Derrida, J. Op. Cit., p. 342.