Mónica B. Cragnolini
El tema de la resistencia animal ha sido objeto de varios textos literarias: relatos, obras de teatro y novelas, que traen a la conciencia humana la culpa (ignorada, negada, reprimida, borrada) que significa el maltrato dado a los animales. En esas obras, los animales resisten de modos diversos a esos maltratos.
La disputa entre los animales y el hombre[1] (también conocido como El caso de los animales contra el hombre) es un texto escrito en el siglo X por una secta islámica, “Los hermanos de la pureza”. En esta obra, los animales presentan una demanda contra los humanos ante el rey de los genios, denunciando el abuso y la crueldad a que son sometidos. El veredicto del rey no termina por favorecer demasiado a los animales, ya que solo apela a la responsabilidad humana en el trato.
En el siglo XVII Francisco de Sosa va a lograr una conquista “argumentativa” para la rebelión animal en su Endecálogo contra Antoniana Margarita,[2] en este caso, contra Gómez Pereira, médico español quien osó señalar que los animales carecían de sintiencia, y por eso era lícito el maltrato que los hombres les infligían. En el Endecálogo, los animales presentan una demanda contra Gómez Pereira por negarles sintiencia ante Mercurio, y se prueba que los animales realmente sienten. Sin embargo, como indiqué, la conquista es “argumentativa”, porque no incide en el trato que los hombres dan a los animales, sino en los argumentos que utilizan para justificar dicho maltrato
Pero tal vez el texto más conocido sobre la resistencia animal sea Rebelión en la granja de George Orwell, obra en la que los animales que padecen los abusos del granjero Jones, deciden, en asamblea, iniciar una revuelta. El cerdo Mayor, que los ha convocado para la reunión, les indica que la vida de los animales “es sólo miseria y esclavitud”.[3] Y presenta al Hombre como el gran enemigo de los animales, que se enseñorea en su poder sobre ellos para consumir sin producir. La leche de las vacas deja de alimentar a los terneros, los huevos son utilizados en la cocina, impidiendo el nacimiento de los pollitos, y los animales van al matadero mucho antes de llegar al fin natural de sus vidas. El cerdo Mayor plantea que los animales no deben seguir las costumbres del Hombre, que contra él es la lucha, y no para parecerse a él. Los animales que luego de la muerte del cerdo anciano toman la granja, difunden los principios básicos del animalismo, que se resume en “Cuatro patas sí, dos pies no”. Sin embargo, a pesar de que el enemigo es el Hombre que los maltrata y usufructúa, los cerdos que quedan a cargo del gobierno de la granja terminan por reproducir los mismos mecanismos de opresión que los llevaron a la revuelta.
En La guerra de las salamandras,[4] Karel Čapek narra la rebelión de las salamandras explotadas por los humanos que las utilizan como mano de obra (construcción de diques, búsqueda de perlas, protección de las costas, etc.). La salamandra jefe anuncia a los humanos que las salamandras necesitan más espacio vital, y que van a demoler las costas para lograrlo. Por esto, comienzan a producir tsunamis, terremotos, y otros eventos gracias al material explosivo del que disponen. En esta obra, los animales explotados reproducen, como en la novela de Orwell, las formas de exterminio de los humanos, pero ahora, contra sus abusadores (y no contra sus congéneres, como en la novela de Orwell). [5]
Quien ha investigado la problemática de la resistencia animal con más detalle en los últimos años ha sido Sarat Colling, en su Animal Resistance in the Global Capitalist Era.[6] Colling brinda múltiples ejemplos de animales que se rebelan contra sus entrenadores; en el “corredor de la muerte” antes de ser degollados en el matadero; en los circos y espectáculos acuáticos, sosteniendo la tesis de que esos casos que parecen aislados, dan cuenta de una rebelión de carácter político contra la opresión. Animales domesticados, colonizados y capitalizados como mercancía, sometidos a hacinamiento, manipulación genética, tortura, han resistido a la violencia humana de diferentes maneras, y Colling trata de poner el acento en esa agencialidad animal para patentizar la necesidad de atención sobre esos actos, en la búsqueda de una justicia multiespecie.

Las zoonosis como forma de resistencia
Cuando se inició la pandemia de Covid-19, los trabajos de Rob Wallace fueron recordados, como una suerte de advertencia de lo que ocurrió (y casi seguramente seguirá ocurriendo).[7] Wallace había anunciado que, a partir del modo actual de circulación del capital, las zoonosis serían cada vez más frecuentes Su tesis señala que los virus “hacen alianzas” con el capital que, con sus métodos de hacinamiento y bioseguridad, les proporciona los medios adecuados para “saltar” de los reservorios naturales a los animales hacinados en la producción intensiva, y de allí, a los existentes humanos. El capital y sus nuevos circuitos en la organización de los agronegocios proporcionan larga vida a todos los virus que tenían su “alojamiento” en aquellos animales que, al ser expulsados de sus hábitats, deben migrar hacia otros lugares. Se propicia así la posibilidad de los “saltos” virales desde los reservorios a los animales de producción intensiva, y de allí a los existentes humanos.
En abril de 2020 Pablo Amadeo reunió la opinión de varios investigadores sobre la situación que estábamos viviendo a partir de la pandemia,[8] y en ese libro señalé la relevancia del sistema de producción intensiva de animales en la generación de zoonosis, y el aislamiento social obligatorio como una posibilidad de “detenernos” y pensar qué le estamos haciendo a los animales y al planeta todo con este modelo de devastación de la vida. La pandemia de covid-19 ha pasado, y vendrán otras, y nuevamente nos detendremos a pensar “sorprendidos” por qué nos acontece esto, cuando ya lo sabemos y lo negamos, ocultamos, o reprimimos para seguir viviendo “sin culpas”.
Sin embargo, creo que las zoonosis pueden ser interpretadas como una forma de “resistencia animal” más contundente que otros modos de fuga, agresión, etc., en la medida en que logran afectar a nivel global, y “detienen” los circuitos del capital. Los cuerpos hacinados y maltratados de los animales de producción intensiva ponen en crisis al sistema globalizado del capitalismo: las grandes matanzas de animales por “sospecha” de contagio (la de las bóvidos por “vaca loca” en 1990, luego en 2000, la de visones, en la pandemia de covid-19,[9] y tantas otros “sacrificios” masivos), significan una gran pérdida para los ganaderos (sin olvidar en este punto las cuestiones éticas estos asesinatos masivos de animales).
Frédéric Keck[10] ha desarrollado la idea de “centinelas” de las pandemias, para referirse al modo en que algunos animales en granjas avícolas “alertan” sobre la posible mutación de virus. Los animales “recuperan su agencia” como comunicadores, pero para ayudar al capital “previniendo” una posible zoonosis. En su último libro[11], desde una perspectiva de análisis biopolítica, Keck plantea la necesidad de una solidaridad interespecies, pensando en formas de imaginación política en una era que será, sin lugar a dudas, de pandemias globales.

La agencialidad animal
En otros lugares he discutido la cuestión de la “agencialidad animal”[12], señalando que tal vez nos resulte más interesante, desde el punto de vista filosófico, pensar a los animales desde el “no-poder”, como forma de resistencia a los mecanismos de violencia estructural, que se mantiene gracias a las modalidades de sujetos en pugna. Si bien la idea del animal como “sujeto” se torna necesaria para las formas actuales del derecho animal, considero que podemos pensar la “fuerza” de la animalidad no desde el poder (poder decir, poder hablar, poder dominar), sino desde el “no poder”, la no agencialidad. De alguna manera, las zoonosis patentizan esa “no agencialidad”, en la medida en que los cuerpos “que resisten a la colonización” de la mercantilización, son modos de una corporalidad que, en el límite de la dominación, sin posibilidad de “resistencia activa” desbordan los límites del sistema de hacinamiento. El “no-poder” del que hablo enloquece al sistema de la violencia estructural, lo deja inánime, ya que le muestra que sus propios mecanismos de dominación y maltrato terminan por generar aquello que lo desbarata, corroe y lleva a la ruina.
Ciertamente, se dirá: “siguen sufriendo los animales”. Ciertamente, se dirá: “el no-poder parece una coartada para la no–acción frente a lo que sucede”.
Considero que el “llamado a la acción” es algo del orden humano, demasiado humano. Tal vez la vida animal, que resiste en tanto vida, lo hace desde una “pasividad no actuante” de los cuerpos maltratados y torturados que patentizan que la agencialidad ha sido el modo en el que el sujeto soberano productor se ha erigido y enseñoreado sobre el planeta todo, con el poder-ver, poder-tener, poder-saber poder-dominar.
Sí, es cierto, algunos animales escapan, otros huyen del matadero, pero las zoonosis nos muestran los efectos de la violencia estructural en el conjunto de los animales de producción intensiva, y lo hacen “a pesar de” todo intento de atribución de agencialidad.
La condición de víctima del animal es el resultado de nuestro modo humano de estar en el mundo: nos entusiasma la “justicia poética” que significa un animal escapando del cuchillo, pero seguimos sosteniendo las estructuras del modelo de consumo humano (altamente depredador) que los somete y mercantiliza. Las zoonosis nos hacen pregnante que con este modelo de violencia estructural capitalista-depredador, las formas de vida del planeta ya están exhaustas. “¿Qué hacer?”, nos preguntamos repetidas veces. El ¿Qué hacer? de Nikolái Chernyshevski marcó el rumbo de la juventud revolucionaria rusa en la segunda mitad del siglo XIX. Los animales destinados a la producción no pueden hacer revoluciones,[13] pero desde la resistencia de sus cuerpos hacinados, maltratados, sobrecargados de hormonas y antibióticos, exhiben las fisuras del sistema de explotación que genera
[1] Ijw¯an al-S ˙ af¯a’, La disputa entre los animales y el hombre, edición de E. Tornero Poveda, Madrid, Siruela, 2006.
[2] La obra se encuentra en A. Vian Herrero (ed.), Diálogos españoles del renacimiento, edición general, estudio preliminar y cronología de A. Vian Herrero, Almuzara, Toledo 2010, y el Endecálogo (pp. 523-582) tiene introducción, edición y notas de P. Cátedra García.
[3] G. Orwell, Rebelión en la granja, trad. R. Abella Bermejo, Barcelona, Austral, 2006, p. 27.
[4] K. Čapek, La guerra de las salamandras, trad. A. Falbrová y C. Elizondo, Barcelona, Gigamesh, 2003.
[5] Una de las narraciones que da cuenta de una rebelión global de todos los animales del mundo es Zoo, de James Patterson y MichaelLedwidge, (New York, Little Brown, 2012), si bien en esta novela la revuelta acontece por una alteración de las feromonas por contaminación de los productos humanos, que los torna agresivos.
[6] S. Colling, Animal Resistance in the Global Capitalist Era Michigan, Michigan State University Press, 2020.
[7] En Animula se publicaron la traducciones de dos de sus textos: R. Wallace, “Sistemas globalizados de producción de alimentos, desigualdad estructural y COVID-19”, trad. G. Romero, en Animula, 2021, https://www.animula.com.ar/sistemas-globalizados, y R. Wallace, “Agonegocio, poder y enfermedades infecciosas”, trad. G. Romero, en Animula, 2021, https://www.animula.com.ar/agronegocio-poder-enfermedades
[8] AA.VV. La fiebre, Rosario, Aspo, abril de 2020, véase M. Cragnolini, “Ontología de guerra frente a las zoonosis”, pp. 39-48.
[9] Véase M. B. Cragnolini, “Animales sacrificados antes, durante y después de la pandemia”, en Animula, 2022, https://www.animula.com.ar/animales-sacrificados
[10] F. Keck, Les Sentinelles des pandémies: Chasseurs de virus et observateurs d’oiseaux aux frontières de la Chine, Paris, Points, 2021.
[11] F. Keck, Solidarity Between Species: Living with Animals Exposed to Pandemic Viruses, Cambridge-Boston_Oxford-New York. Polity, 2026.
[12] Véase, i. a., M. B. Cragnolini, “Animales kafkianos: el murmullo de lo anónimo”, en M. Percia et alt., Kafka: preindividual, impersonal, biopolítico, Buenos Aires, La Cebra, 2010, pp. 99-120., esp. pp. 115 ss.
[13] Tengo aquí presente la distinción de Camus entre revuelta y revolución (El hombre rebelde, trad. J. Escué, ed. digital Titivillus, p. 103), en este sentido, los cerdos de la novela de Orwell son “revolucionarios” que terminan por instaurar las mismas formas de dominio y usufructo del otro contra las cuales se rebelaron.