Sabrina B. Salerno Fiasche
¿Sabés a qué huele el miedo? […] Ese miedo huele a rancio, a vómito, a sangre seca, a cuerpo saqueado, a oscuro, a persecución y desvelo. Lo conocen algunos animales, y lo disfrutan las bestias, que no son lo mismo.[2]
Patricia Digilio
He aquí una inquietud crítica: el uso de “el animal” –y no de “unos animales”– como singular general. Es decir, el recurso a un concepto que comprende, bajo una misma denominación, la multiplicidad de seres vivos que lo humano se niega a reconocer como prójimos. Y, a partir de ello, la apertura a un problema eminentemente político: el modo de lo comunitario, heredado de la tradición occidental, se encuentra construido sobre una esquemática de la humanidad entendida en términos de fraternidad y semejanza entre varones cis-hetero, blancos, europeos, libres y propietarios. Asimismo, se trata de una comunidad que, para constituirse, necesita de un afuera infranqueable: un otro unificado frente al cual (re)afirmar un nosotros identitario.[3]
De este modo, “el animal” pasa de la singularidad existencial a su constitución como categoría universal, disponible, dócil y domesticable. Empero, la operación no se agota en esta manufactura conceptual –cuya lógica se extiende también sobre las vidas humanas animalizadas–. En efecto, lo que se vuelve disponible para el tratamiento y la apropiación son, ante todo, los vivientes que dicha categoría subsume e invisibiliza, mientras que el referente es simultáneamente desplazado y tergiversado por la proyección sobre él de rasgos y significaciones propiamente humanas.
Quizás por ello resulten tan inquietantes nociones como “animalada” o “bestialidad”, las cuales señalan una de las tantas fronteras taxonómicas entre lo humano y lo animal –o lo animalizado– que exigen ser interrogadas. Pues, ¿cómo explicar que el animal no pueda, de acuerdo con el “sentido común”, cometer una animalada, aun cuando sea él quien debería portar lo animal como atributo propio? ¿Cómo comprender que la animalada se presente como una prerrogativa exclusivamente humana, precisamente allí donde lo humano se encuentra ante aquello que le resulta más exapropiante? “Último atrincheramiento de un propio del hombre, si lo hay, la propiedad que, en ningún caso, podría atribuírsele al animal o al dios […]” [4], señala Derrida en El animal que luego estoy si[gui]endo. Como si, una vez más –e incesantemente–, el lenguaje humano desplazara al referente animal para colocar, en su lugar, una violencia que los propios humanos reconocen como suya, pero que continúan atribuyendo a aquel singular general que han circunscripto al otro lado de la frontera.
El fundamento de un nombre
Ya sea con las aves en la Bombonera o los mamíferos en el Monumental, comenzaba una del Coliseo romano o de los encierros de San Fermín: los animales corrían despavoridos, las multitudes se reían, los fotógrafos se tropezaban en búsqueda de la mejor imagen y los policías trataban de arrinconar a los chanchos o a las gallinas asustadas. No había consciencia por el sufrimiento: las burlas lo valían todo, hasta –potencialmente– la vida de los animales.[5]
Andrés Burgo
Hablemos de animaladas.
El 20 de mayo de 1966, luego de un 2-0 en favor del equipo uruguayo Peñarol en el partido de ida –celebrado en el Estadio Centenario de Montevideo– y de un 3-2 para el equipo argentino Club Atlético River Plate en el partido de vuelta –jugado en el Estadio Monumental de Buenos Aires–, tuvo lugar la recordada final de la séptima edición de la Copa Libertadores de América: un definitorio partido de desempate en el que ambos equipos se disputarían la gloria del principal torneo internacional de clubes de fútbol de Sudamérica.
El cotejo –llevado a cabo en el Estadio Nacional de Santiago de Chile– comenzó de manera ideal para River, que logró ponerse 2-0 arriba durante el primer tiempo gracias a los goles convertidos por Daniel “Tito” Onega –a los 28’– y Jorge Solari (“el Indio”) –a los 42’–. A esa altura, el conjunto argentino tenía el control del encuentro y parecía encaminarse hacia la victoria.
Cabe destacar que, si bien la Copa Libertadores, organizada por la Confederación Sudamericana de Fútbol (CSF) –actual CONMEBOL– todavía no había alcanzado el nivel de prestigio, repercusión mediática, cobertura televisiva y centralidad económico-simbólica que obtendría en las décadas posteriores, ya se encontraba entre los certámenes futbolísticos más relevantes del territorio. En efecto, los principales clubes de Argentina, Uruguay y Brasil –que en aquellos años concentraban los títulos del torneo– la disputaban con gran intensidad, no solo por el prestigio que suponía su obtención, sino también porque el vencedor adquiría el derecho de competir por la Copa Intercontinental –organizada por la UEFA y la CSF– frente al campeón europeo.
Sin embargo, tras una primera parte favorable al cuadro argentino, Peñarol protagonizó, en el segundo tiempo, una remontada memorable. Primero descontó Alberto Spencer –a los 67’– y luego llegó la igualdad –a los 72’– tras un gol de Julio Abbadie, lo que llevó el encuentro al tiempo suplementario. Finalmente, en el alargue, las figuras ofensivas del conjunto uruguayo marcaron dos goles más: nuevamente Spencer para la ventaja –a los 103’– y Pedro Rocha –a los 109’– para el 4-2 definitivo que le permitió a Peñarol alzarse con su tercer título de la Copa Libertadores.
En los días posteriores a la final de Santiago, River volvió a la actividad en el torneo de la Primera División del fútbol argentino frente a Banfield, en el Estadio Florencio Sola. El regreso a la competencia local se produjo en un contexto de fuerte tensión deportiva para “La Banda”, cuya reciente derrota en la final de la Copa Libertadores prolongaba la espera por la obtención de su primer título continental y se inscribía en una etapa marcada por sucesivas finales y definiciones internacionales frustradas, que no encontraría su desenlace sino hasta la primera consagración continental del club en 1986. A ello se sumaba un clima de creciente presión, en el que los traspiés de los grandes equipos solían ser rápidamente aprovechados por las hinchadas rivales para alimentar las tradicionales cargadas del “balompié” local.
En ese marco, las referencias burlonas vinculadas a animales –y posteriormente reapropiadas por las propias hinchadas– no eran ajenas al universo futbolístico. De hecho, varios de los apodos más distintivos habían surgido décadas atrás. Entre ellos se encuentran los “bosteros” de Boca Juniors, denominación utilizada de forma despectiva para equiparar el barrio de La Boca y sus condiciones geográficas y sociales con el estiércol del “ganado” vacuno y caballar. También están los “pincharratas” de Estudiantes de La Plata, sobrenombre que remite tanto a los estudiantes de medicina que realizaban prácticas con roedores en laboratorios, como a un fanático del club –Felipe Montedónica– que, junto a su hermano, solía perseguir ratas del mercado de la ciudad con un tenedor. A su vez, se hallan: los “sabaleros” de Colón de Santa Fe, en referencia al pez sábalo, cuya pesca constituía una práctica extendida entre amplios sectores de su base social; los “triperos” de Gimnasia y Esgrima La Plata, vinculados históricamente al entorno obrero de Berisso y Ensenada, donde funcionaron frigoríficos como Swift y Armour; y los “calamares” de Platense, cuyo mote se popularizó a partir de una célebre comparación periodística que asociaba a sus futbolistas cubiertos de barro, tras jugar en terrenos inundados, con “calamares en su tinta”. Sería ahora el turno de River de incorporar a su identidad millonaria uno de los apodos más perdurables y controvertidos de la historia del fútbol argentino: el de “Gallinas”.
Así, tras los acontecimientos previamente descriptos, y antes del inicio del encuentro con Banfield, un hincha del Taladro arrojó deliberadamente al campo de juego una gallina viva –adornada con una banda roja– como símbolo de la “falta de coraje” atribuida al equipo de Núñez tras su reciente derrota en Chile. En ese contexto, la escena del animal desplazándose por el césped tuvo una fuerte repercusión en la prensa de la época, llegando a ser ilustrada en la portada del diario Crónica. Asimismo, fue rápidamente apropiada por los rivales de River, quienes no desaprovecharon la ocasión para referirse al club con ese apelativo en tono de burla.

Primera plana del diario Crónica (1966).
Desde ya, lejos de vislumbrarse un conflicto en el hecho de que la escalada de ridiculizaciones especistas hubiera alcanzado el punto de instrumentalizar una vida animal para abonar a la agresividad antropocéntrica, muchos medios, periodistas y personalidades aclamaron al hincha que había llevado a cabo la acción. En este sentido, lo instaron en reiteradas ocasiones a salir de su anonimato a cambio de grandes sumas de dinero, con el fin de situarlo al centro de una narrativa que, con el tiempo, también ha sido reivindicada por los propios seguidores de River. Incluso, el hombre fue invitado por la filial de hinchas de Boca de Brandsen –o la comunidad androcéntrica, sexista y sarcofágica de los hermanos varones[6]– “para compartir un asado y hablar de aquella ocurrencia que, justamente, tanto les dio de comer a los hinchas xeneizes […]”[7]. No obstante, el banfileño rechazó sistemáticamente todas las ofertas, a excepción de una sola entrevista concedida al periodista Juan Manuel Cignoni –cronista de su confianza– bajo la condición de que ni su nombre ni su rostro fueran publicados[8]. De este modo, aunque la historia ya había sido repasada en numerosas ocasiones por él mismo entre los vecinos del barrio, se hicieron públicos algunos detalles de lo sucedido que –estimo– intensifican el desconcierto de quienes nos negamos a compartir la complicidad y la jactancia que parece suscitar la espectacularización de la violencia hacia lo otro animal y las vidas animalizadas.
Efectivamente, el hincha contó, en el mencionado intercambio, que luego de que River perdiera la final de 1966, y a tres días de que el equipo visitara la cancha del Sur, se reunió en “Mi Club” –discoteca de la localidad– con un grupo de amigos y seguidores del Taladro para planear “alguna joda” dirigida a los de Núñez. Fue ahí cuando surgió la idea de la gallina, la cual contó con el aval del comisario de aquel entonces, quien solía reunirse con ellos “a tomar unos tragos”. Al respecto, el fanático declaró:
Con la garantía de que la zona estaba liberada, le pegamos a la gallina una cinta roja en el pecho, la metimos en una bolsa de panadería industrial y la dejamos allí hasta minutos antes de que empezara el partido.[9]
De esta forma, cuando los jugadores de River salieron a la cancha, la gallina fue arrojada a sus pies, cayendo delante de Pinino Más: “un delantero de fortísima patada que le pegó con brutalidad, mientras los fotógrafos corrían de un lado para el otro persiguiendo al animal que marcaría una historia”[10] .Mientras tanto, el plateísta recuerda: “nosotros no podíamos más de la risa […] Fue una broma común, inocente. Así nos divertíamos nosotros”[11].
Finalmente, la anécdota del hombre –cuyos ojos, según Cignoni, brillaban al recordar el episodio– concluye con la mención de quien, en sus propias palabras, “disfrutó” más de lo ocurrido, a saber, “el Portugués”, canchero de Banfield. De acuerdo con su historia, “[…] [cuando] el partido [estaba] listo para arrancar, [el Portugués] agarró la gallina, se la llevó al vestuario y la hizo tronar. ¡Esa misma noche se hizo un guiso!”[12] .
En cualquier caso, y tras la naturalización del sacrificio en nombre de una cultura que lava y purifica en el concepto, en el “apodo”, la sangre derramada de “las otras formas de vida que, por su fragilidad, no forman parte de la comunidad [“viril carnívora”] de los hermanos”[13], el mote Gallina logró consolidarse como un hito de la identidad futbolística nacional. De ahí que, durante mucho tiempo, distintas hinchadas adoptaran la “costumbre” de aventar gallinas a los estadios para recibir a River, del mismo modo que en el Monumental comenzaron a exhibirse cerdos –vivos e inflables– durante los superclásicos como forma de recibir a Boca.[14]
En esta línea, el 8 de agosto de 1984, durante un encuentro entre Chacarita y River, disputado en cancha de Ferro, un simpatizante del conjunto de San Martín ingresó al campo de juego con una gallina que arrojó a los pies de los jugadores riverplatenses mientras estos posaban para una fotografía. Segundos después, Nery Alberto Pumpido –por entonces arquero titular de River y luego campeón del mundo con la selección argentina en México 1986– mató al animal de una patada, sin que el episodio pareciera ocasionar mayores reparos entre los presentes. He aquí, tal vez, otra forma “común e inocente” de continuar divirtiéndose entre pares…

Del folclore y otras violencias
La violencia hacia los animales no es folclore, no es pasión futbolera y no es un chiste: es maltrato animal.[15]
Huellitas de Córdoba
De acuerdo con el Tesoro de los diccionarios históricos de la lengua española (TDHLE) de la RAE-ASALE, animalada deriva de animal: voz procedente del latín anĭmal, -ālis. A su vez, este término se vincula etimológicamente con anima (“alma”, “aliento” o “soplo vital”), noción asociada al principio vital de los seres vivos.[16] Desde el punto de vista morfológico, animalada se forma por la unión de la base léxica animal y el sufijo derivativo español -ada, el cual puede expresar, entre otros valores, acción, resultado, conjunto o aumento de intensidad.
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De acuerdo con el Diccionario de la lengua española (DLE) de la RAE, animalada deriva de animal: voz procedente del latín anĭmal, -ālis. Entre las acepciones de este último término se encuentran las de: “1. [s]er orgánico que vive, siente y se mueve por propio impulso [Sin: alimaña, bestia, bruto, fiera, animalia, bicho]; 2. [a]nimal irracional […]; 3. [p]ersona de comportamiento instintivo, ignorante y grosera [Sin: ignorante, grosero, bestia, bruto, zopenco, zote]; 4. [p]ersona que destaca extraordinariamente por su saber, inteligencia o esfuerzo […]”.[17] Por su parte, el término animalada es definido como: “1. [b]urrada, barbaridad, salvajada [Sin: salvajada, atrocidad, burrada, bestialidad, caballada]; 2. [c]antidad grande o excesiva; 3. [c]onjunto de animales, especialmente ganado”.[18]
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Ambos diccionarios responden a la Real Academia Española, es decir, a aquella institución cultural que se erige como la máxima autoridad encargada de “fomentar la unidad idiomática dentro de los diversos territorios que componen el mundo hispanohablante y garantizar una norma común”[19]. La diferencia entre el significado etimológico de animal(ada) y el significado descriptivo –aunque con pretensión normativa– del término también responde a dicha institución.
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Incluso allí, donde se supone que el sentido debería encontrar su fijación más autorizada, el lenguaje es alcanzado por su más (im)propio principio de ruina.
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Hay un asentimiento fugaz, probablemente incuestionado, incluso indolente, que parece atravesar –en muchos casos– la prosa de los diferentes relatos periodísticos referidos a los sucesos históricos, deportivos, mítico-literarios, políticos y sociales previamente explicitados. En efecto, sus palabras exudan una asfixiante jocosidad, festividad y aclamación que aparenta confundir la acontecimental e intraducible pasión de lo popular –en tanto experiencia de un común atravesado por la diferencia– con la normalización de la crueldad y de las lógicas eugenésicas hacia aquellas existencias que –por su imposibilidad de ser definidas y por el riesgo que eso conlleva al interior de una cultura logocéntrica– terminan siendo “deglutidas”, devoradas, en el proceso de auto-erección de una subjetividad humana soberana. Sin embargo, es justamente la carne y la sangre vertida en este proceso, condición de posibilidad de la constitución de la identidad (futbolera) nacional, aquella que se insiste en relegar, negar, sublimar. Al respecto, encuentro particularmente ilustrativo un pasaje de la entrevista realizada por Cignoni al hincha, en el cual el primero indica:
La leyenda de este hombre que ronda los 90 años es anónima, pero en Banfield todos lo conocen. Parece que en la ciudad hubiera un acuerdo tácito para reservar su identidad. Todos saben quién es y qué hizo, pero se niegan a dar referencias de dónde encontrarlo, a pesar de que ya pasaron cinco décadas de “la joda” que le hizo a River y que marcó un antes y un después para el club millonario. De todos modos, él sigue prefiriendo que la protagonista sea la historia.[20]
Pero, ¿cómo pensar la historia, en este caso, sin la interrogación por sus agentes y, especialmente, por sus des-agenciados? En otras palabras, ¿por qué persistir en la tendencia a concebir la identidad de manera abstracta, contribuyendo así a perpetuar la violencia estructural que subyace a su propia configuración? Tal vez ello se deba a la insistencia en presentar las vejaciones sistemáticas como una cuestión excepcional, propia de una época o de una idiosincrasia ajena al presente, bajo el prejuicio de que prácticas como esas “hoy sería[n] un escándalo”[21]. No obstante, ¿es absolutamente cierta esta aseveración?
El 24 de mayo de 2026 tuvo lugar la final del Torneo Apertura, en la que los “piratas” del Club Atlético Belgrano se impusieron por 3-2 ante River Plate en el Estadio Mario Alberto Kempes de Córdoba. Sin lugar a dudas, la relevancia del encuentro excedió con creces la mera disputa por el título, ya que, por un lado, le permitió a Belgrano consagrarse –por vez primera– campeón de Primera División; y, por el otro, reactivó la memoria de la promoción de 2011, que significó para River el único descenso de su historia. Por ello, que fuera precisamente Belgrano quien volviera a enfrentarse a La Banda, en esta oportunidad, otorgó al partido una densidad afectiva y narrativa excepcional.
Como era de esperarse, el éxito del Celeste desató la euforia multitudinaria en distintos puntos de la ciudad de Córdoba, con congregaciones especialmente significativas en las inmediaciones del estadio, en el barrio Alberdi y en el sector del Patio Olmos. Esa misma noche, varios integrantes del plantel participaron también de las celebraciones junto a Carlos “La Mona” Jiménez –una de las figuras más emblemáticas de la cultura popular cordobesa– en el Festival Nacional del Cuarteto de Jesús María. La algarabía continuó, incluso, hasta el día siguiente, cuando una masiva caravana, encabezada por los campeones a bordo de un micro descapotable, recorrió la Avenida Circunvalación acompañada por una multitud de hinchas. Ahora bien, ¿qué otros despliegues, invisibilizados bajo la excusa del “festejo futbolístico”, trajo consigo este acontecimiento?
Entre el 25 y el 26 de mayo de 2026, es decir, aproximadamente 48 horas después de los eventos previamente relevados, se viralizó en redes sociales el execrable video de un hincha de Belgrano que, en el marco de las celebraciones por la victoria del club, salió a la calle exhibiendo y agitando, como si se tratara de un “trofeo”, a una gallina viva en alusión a River. Efectivamente, “el animal” era sostenido del cuello y sometido a distintas formas de manipulación y tortura por parte de quienes pasaban por el lugar, las cuales incluían arrancarle sus plumas o golpearlo “por diversión”.
En la madrugada del lunes 25 de mayo, gracias a la intervención de dos personas, el ave –bautizada posteriormente como “Elvira”– fue rescatada por la organización sin fines de lucro Huellitas de Córdoba –dedicada a la protección y asistencia de animales en situación de calle y/o maltrato– y trasladada de urgencia para recibir atención veterinaria por parte de Agustina González. Al respecto, la profesional detalló:
Llegó bastante débil, sin poder caminar, le faltan muchas plumas en varias partes del cuerpo, cerca de la cola, debajo de las alas, en el pecho [presentando un cuadro de alopecia]. Está lastimada, tiene lesiones, sangre, moretones por todos lados. Estaba con bajo peso, bastante flaca. Llegó respirando por el pico, eso es dificultad respiratoria, producto de los golpes, del estrés, ni hablar del dolor.[22]
En consonancia con esta descripción, Florencia Domínguez, responsable de la ONG, reconstruyó las circunstancias en las que se produjo la agresión y denunció: “[a]l principio le sacaban las plumas y ella gritaba. Cuando vieron que ya no reaccionaba más, la dejaron tirada en una caja. Incluso ahí la gente seguía acercándose para sacarse fotos”[23].



Registro fotográfico de la gallina «Elvira» tras su rescate por la organización Huellitas de Córdoba.
Ahora bien, ¿qué puede añadirse tras semejantes declaraciones? Cuando las historias, las narrativas, las imágenes, los gritos, las acciones y las omisiones “hablan más que mil palabras”, tal vez sea tiempo de volver la mirada hacia «lo otro» para preguntarnos qué derecho creemos poseer, amos y señores de qué dominios pensamos ser, para arrogarnos la potestad de nombrar y atribuir, distinguir y jerarquizar, hacer vivir y hacer morir.
¿Hasta cuándo seguiremos fundando la subjetividad en la imposible salida radical de la animalidad y en la producción de límites que escinden un nosotros legítimo de un otro prescindible? Probablemente sea necesario volver sobre aquellos esencialismos que suelen presentarse bajo los nombres de folclore, tradición o identidad nacional para interrogar los relatos que habilitan y los que silencian, así como los cuerpos sobre los cuales recaen los costos de su legitimación. En esta línea, una de las expresiones más caras a ese entramado en nuestros territorios es, sin dudas, el fútbol. Pero, ¿desde dónde habitarlo?
Al respecto, no considero que la pasión futbolera deba confundirse inevitablemente con la violencia, en tanto toda experiencia capaz de reunir a forasteros en una alegría, una esperanza, un duelo o un abrazo compartido –como habitualmente hace este deporte– parece albergar la promesa de algo más que una identidad replegada sobre sí misma. No obstante, quizás por ello mismo la historia del mote Gallina resulte tan elocuente como estremecedora y conflictiva. Desde las agresiones que acompañaron su gestación hasta el caso reciente de Elvira, persisten las insoslayables animaladas y bestialidades humanas que se afirman a costa de aquello que el propio discurso ha relegado a la exclusión.
En consecuencia, la pregunta permanece: ¿es posible imaginar formas de ser-con otros que no requieran de su sacrificio? ¿Puede una comunidad sostenerse sin convertir la contingencia y el devenir en objeto de representación y domesticación? Acaso allí resida el desafío: aprender a habitar lo común en la diferencia, sin necesidad de encasillar, delimitar o someter aquello otro, aquello animal que, desde siempre, nos precede, y que, desde siempre, nos excede.
[1] Tanto “Millonarios” como “Gallinas” constituyen apelativos históricamente asociados al Club Atlético River Plate dentro de la cultura futbolística argentina. Mientras el primero remite al poder económico que caracterizó al club durante determinados períodos de su historia, el segundo introduce una referencia animal que forma parte de las formas de nominación y rivalización propias del ámbito futbolístico nacional.
[2] P. Digilio, “De animales y bestias” en: Colectivo 48 (comp.), (lo) ANIMAL, nº 1, octubre de 2025, p. 13.
[3] J. Derrida, El animal que luego estoy si(gui)endo, trad. C. de Peretti y C. Rodríguez Marciel, Madrid, editorial Trotta, 2008, P. 50.
[4] J. Derrida, El animal que luego estoy si(gui)endo…, trad. cit., p. 58.
[5] A. Burgo, “Historia de los chanchos en el Monumental”, TyC Sports, 22 de febrero de 2024. Disponible en: https://www.tycsports.com/river-plate/historia-de-los-chanchos-en-el-monumental-id565924.html (Fecha de consulta: 29/05/2026).
[6] M. B. Cragnolini, “Vivir de la sangre de otros. La fraternidad androcentrada frente a otros modos de ser-con los vivientes”, Psicoanálisis, Vol. XLV, n° 2, 2023, pp. 113-125.
[7] A. Burgo, “Por qué le dicen ‘gallina’ a River: la historia del mítico apodo, quién lo creó y el trágico final del animal que salió en el diario”, TN, 13 de noviembre de 2019. Disponible en: https://tn.com.ar/deportes/polideportivo/2019/11/13/por-que-le-dicen-gallina-a-river-la-historia-del-mitico-apodo-quien-lo-creo-y-el-tragico-final-del-animal-que-salio-en-el-diario/ (Fecha de consulta: 29/05/2026).
[8] La identidad del hincha permaneció desconocida durante décadas y solo fue revelada tras su fallecimiento, ocurrido el 13 de agosto de 2025 a los 83 años. Se trataba de Néstor “Gallo” Gesualdo. Cfr. TyC Sports, “Murió el misterioso hincha que inspiró el apodo de ‘gallina’ para River”. Disponible en: https://www.tycsports.com/al-angulo/murio-el-misterioso-hincha-que-inspiro-el-apodo-de-gallina-para-river-id680022.html (Fecha de consulta: 29/05/2026).
[9] J. M. Cignoni, “Tiró una gallina y plantó un estigma”, 442 – Perfil, 22 de mayo de 2016. Disponible en: https://442.perfil.com/noticias/futbol/2016-05-22-447525-tiro-una-gallina-y-planto-un-estigma.phtml (Fecha de consulta: 29/05/2026).
[10] A. Burgos, “Por qué le dicen ‘gallina’ a River: la historia del mítico apodo, quién lo creó y el trágico final del animal que salió en el diario”, art. cit.
[11] J. M. Cignoni, “Tiró una gallina y plantó un estigma”, art. cit.
[12] Idem.
[13] M. B. Cragnolini, “Vivir de la sangre de otros. La fraternidad androcentrada frente a otros modos de ser-con los vivientes”, art. cit, p. 114.
[14] Uno de los primeros registros de esta práctica data del Metropolitano de 1975, cuando fue arrojado al césped del Monumental un cerdo con la camiseta número 10 de Boca Juniors, en aparente alusión despectiva a Osvaldo “Patota” Potente, cuya complexión física –robusta, maciza y de baja estatura– parece haber motivado la comparación. Con el tiempo, sin embargo, la referencia dejó de circunscribirse al futbolista y pasó a extenderse al club en su conjunto, apoyándose en imaginarios que suelen asociar a los cerdos con la suciedad y otras características socialmente valoradas de manera negativa.
[15] Asociación protectora de animales Huellitas de Córdoba [@huellitasdecordoba], “Ayer, durante los festejos por el partido entre Belgrano y River, un hombre decidió convertir a una gallina viva en un objeto de tortura pública…”, foto de Instagram, 26 de mayo de 2026. Disponible en: https://www.instagram.com/huellitasdecordoba?igsh=MWp6bGY0dDg1aHl1ZQ (Fecha de consulta: 2/06/2026).
[16] Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española, Tesoro de los diccionarios históricos de la lengua española, tomo 1, p. 38. Disponible en: https://www.rae.es/tdhle/animal (Fecha de consulta: 30/05/2026).
[17] Real Academia Española, Diccionario de la lengua española [en línea]. https://dle.rae.es/ (Fecha de consulta: 30/05/2026).
[18] Idem.
[19] Instituto Cervantes de Milán, “La Real Academia Española y sus funciones”, 26 de septiembre de 2023. Disponible en: https://cultura.cervantes.es/milan/es/la-real-academia–espa%C3%B1ola-y-sus-funciones-/164434 (Fecha de consulta: 30/05/2026).
[20] J. M. Cignoni, “Tiró una gallina y plantó un estigma”, art. cit.
[21] A. Burgos, “Por qué le dicen ‘gallina’ a River: la historia del mítico apodo, quién lo creó y el trágico final del animal que salió en el diario”, art. cit.
[22] F. Macia Marquis, “Denunciaron que un hombre maltrató y desplumó a una gallina viva durante los festejos por el campeonato de Belgrano”, Infobae, 26 de mayo de 2026. Disponible en: https://www.infobae.com/sociedad/2026/05/26/denunciaron-que-un-hombre-maltrato-y-desplumo-a-una-gallina-viva-durante-los-festejos-por-el-campeonato-de-belgrano/ (Fecha de consulta: 30/05/2026).
[23] Redacción Cadena 3, “Cómo fue el rescate de ‘Elvira’, la gallina maltratada en festejos de Belgrano”, Cadena 3 Argentina, 26 de mayo de 2026. Disponible en: https://www.cadena3.com/noticia/deportes/como-fue-el-rescate-de-elvira-la-gallina-maltratada-en-festejos-de-belgrano_555566 (Fecha de consulta: 30/05/2026).