Luján Vega
No es casualidad que gobiernos con miradas liberales legitimen el transporte de ganado vivo con el fin de incrementar la capacidad competitiva en el comercio exterior. Ejemplos de ello son el mandato de Onganía en 1968, el Decreto 6337 y, el año pasado, el Decreto 133 de Milei.
Más de 50 años tirados a la basura.
En 1973, el Gobierno Nacional sancionó el Decreto 332 a través del que se prohibió la exportación de ganado vacuno destinado a la faena para consumo.
O sea que esta práctica bárbara está prohibida hace más de cincuenta años.
Obviamente, fue abolida no por la crueldad que implica, sino para fogonear la industria cárnica nacional.
¿Por qué decimos que no a los barcos de la muerte?
Los animales (vacas, ovejas, corderos, caballos, cabras y cerdos) deben soportar durante semanas:
• Hacinamiento: ni siquiera tienen lugar para echarse, obligados a estar de pie, lo que les provoca heridas en sus extremidades.
• Hambre y sed: no se los alimenta de forma apropiada para que no produzcan tantas heces. Y lo mismo sucede con el líquido.
• La acumulación de excremento y orina genera gases, como el amoníaco, que produce quemaduras químicas en la piel y problemas respiratorios graves.
• Los animales enfermos son arrojados por la borda y mueren ahogados, lo que se decide sin supervisión veterinaria.
• La falta de ventilación y suciedad provocan daños físicos y psicológicos irreversibles en la mayoría de los casos.
En 2018 salieron a la luz imágenes de vacas agonizando entre excremento y cadáveres en un buque australiano en Asia Oriental.
En 2019, en Rumania, el Queen Hind naufragó y dejó miles de cuerpos atrapados o flotando en el mar.
En 2020-2021, en el mar Mediterráneo, 2700 terneros fueron sacrificados luego de que Turquía y Libia rechazaran el desembarco y los animales pasaran tres meses en altamar, en las condiciones más horribles, para luego regresar al punto de origen, donde se decidió eutanasiarlos.
En 2022, en Sudán, 14 mil ovejas terminaron ahogadas por el vuelco de un barco.
En mayo 2026, en Oman, un buque se incendió y se hundió, causando la muerte por asfixia y aplastamiento de los miles de animales a bordo.
Pero, sin embargo, el caso más desgarrador fue en 2015.
Durante un viaje de Rumania a Jordania que transportaba trece mil ovejas vivas, cinco mil murieron por deshidratación e inanición. Al llegar a destino, las autoridades rechazaron el desembarco por el estado de los animales y navegaron durante dos semanas sin rumbo, hasta que se dieron cuenta de que todas habían muerto.
Como consecuencia, la coalición internacional Compassion in World Farming (CIWF) estableció esa fecha, 14 de junio, como el Día Internacional de Concienciación sobre la Exportación de Animales Vivos.
El mundo comenzó a tomar conciencia y Luxemburgo, Nueva Zelanda, Reino Unido y luego Australia sancionaron su prohibición. Pero no Argentina, cuyo gobierno últimamente se esfuerza por tomar las medidas más crueles para con los demás animales.
Las organizaciones ambientalistas advierten sobre las toneladas de excremento que son arrojados a los océanos, dejando estelas marrones en el agua, perjudicando la flora y fauna marítima. Por no mencionar los cadáveres de las vacas desechados en el mar.
La sociedad está siendo informada mediante redes, acciones conjuntas y eventos donde se habla del transporte marítimo desde diferentes enfoques.
Se producen conversaciones entre diferentes expertxs y activistas veganxs, de carácter abierto al público para visibilizar la cuestión. Y el reloj está corriendo, ya que se comenzaría con esta práctica a finales de año.
Una de la acciones directas que pueden realizarse es la de enviar mails al SENASA demandando “Pedido de informes”, o sea, solicitar información pública relativa a diversos aspectos referidos a esta modalidad de transporte y la promoción y el respeto del bienestar animal.
Asimismo, hay en agenda un proyecto de ley por parte de Silvina Pezzetta (Ética Animal) y Malena Blanco (Voicot) que busca derogar esa norma y que quede “prohibida la exportación por tierra o por mar con cualquier destino de ganado mayor o menor vivo”.
Así como con las acciones que se llevaron a cabo en contra del Acuerdo Porcino en el 2021, es fundamental que tenga lugar una campaña masiva de compromiso ciudadano.
Y no me refiero sólo a la comunidad vegana, sino a toda la sociedad. Porque aunque como veganxs sepamos bien por qué repudiamos y buscamos abolir este decreto, hay que encontrar un consenso que realmente sume gente en contra del transporte marítimo. Hay que tomar al ser humano como al animal egoísta que muchas veces parece ser y brindarle todas las razones por la cuales va a salir perjudicado con esta práctica: las consecuencias ambientales, la propagación de enfermedades, el costo económico, la pérdida de poder dentro del mercado ganadero, la falta de control sanitario.
Y hay que ser realistas: hoy en día, hablar de sufrimiento, condiciones deplorables, daños irreversibles y agonía de los animales no alcanza. No representan razones, ni pretextos, ni excusas.
Si no, todxs ya hubieran optado por ser veganxs.
Como señala Kant en su Antropología en sentido pragmático, de 1798, “el egoísta basa su voluntad exclusivamente en su felicidad individual y en lo que le es útil, descartando ayudar a los demás”.
Lamentablemente, para defender a los animales hay que disfrazar nuestros motivos con argumentos que convenzan a las personas, aunque no apelen a su capacidad de sentir empatía.
